Amar, esto es, salir de uno mismo, requiere tiempo. Cualquier tipo de amor, si es verdadero, consiste en moverse, en dinamizarse, en actuar hacia el otro. Querer es un viaje apasionante, de tormentas y silencios, desde lo que yo deseo hasta lo que el otro necesita, clama, busca. Querer es un verbo que se conjuga con escucha, silencio y aprendizaje del “pulso” del corazón del otro. Porque te quiero, me voy interesando por lo que te llena y te enciende por dentro. Porque te quiero, me lo aprendo y lo disfruto contigo.
Vivir saliendo de uno mismo, al encuentro del otro, es complicado. Nadie dijo que ser cristiano fuera fácil, pero es apasionante. La inercia del “yo, mí, me, conmigo” nos arroja a un caminar estéril. Es el camino de las sendas oscuras, rodeadas de espejos, en los que nuestros reflejos nos atemorizan, en los que no encontramos horizonte porque carecemos de alguien para compartirlo. Hay mucho más horizonte que nuestros propios problemas y angustias.
Porque el otro está por descubrir. No hay que irse muy lejos para toparse con él. El otro es el compañero de clase o de trabajo que siempre come solo. El otro es el familiar a cuya casa nunca vamos porque tiene un carácter difícil. El otro es el amigo que ha entrado por esas sendas oscuras, por el que nos hemos cansado de luchar: “tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era emigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y vinisteis a verme”.
quinta-feira, 29 de outubro de 2009
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